Por la Mtra. Elvira Zorrero Lara, Académica de la UAG 

La globalización abre un panorama muy amplio. Años atrás, eran escasas las personas que poseían prendas confeccionadas en otras partes del mundo. Asimismo, pocos extranjeros radicaban en nuestro país; un número limitado de jóvenes aspiraban a desempeñarse profesionalmente en el extranjero, y muchos menos lo lograban. Sin embargo, hoy eso es una realidad: todos usamos a diario productos de otras partes del mundo; cada vez nos percatamos más de las comunidades internacionales en nuestra ciudad, y algunos jóvenes, no tantos como quisiéramos, enriquecen su formación profesional en el extranjero.

Y aunque muchos países lograron insertarse de manera competitiva en el mercado global, este es un saldo pendiente para nuestra nación; sin embargo, con una educación de calidad, en algunos años el panorama podría ser diferente.

Hoy sabemos que niños, niñas y jóvenes tienen derecho a la educación, y que esta debe ser de calidad. Para muchos, la calidad es algo imposible de alcanzar, exclusivo de países desarrollados o escuelas de alto nivel académico. Sin embargo, varias iniciativas han buscado mejorar la educación.

El extinto Instituto Nacional de Evaluación Educativa y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) han señalado las condiciones necesarias para mejorar la calidad educativa en México; estas abarcan todos los aspectos de la educación, incluyendo la infraestructura, la formación de los docentes y directivos y las políticas públicas. También subrayan la importancia de desarrollar estrategias a largo plazo.

El camino por recorrer es largo, y va cuesta arriba. Es necesario transformar varios aspectos, y eso requiere planeación, inversión, visión y paciencia, porque ver resultados tomará años. Sin embargo, sí es posible hacer un cambio que se reflejará en el acto, y sin inversión alguna. Solo se necesita es que cada persona inserta el sistema educativo reflexione sobre el impacto de su labor. Por ejemplo, si bien un maestro de educación básica atenderá a más de 750 alumnos en su vida profesional, el impacto de su labor docente también llegará a los padres de esos 750 niños y adolescentes, y a la familia que en el futuro cada uno de ellos formará. Esto significa que ese docente puede transformar la vida no solo de esos alumnos, sino de cinco veces más personas.

Un maestro puede influir de manera positiva y sembrar la semilla de la preparación, o propiciar la deserción y crear una atmósfera adversa en su clase, que desmotive la formación. Así, los jóvenes que se preparan para ser futuros docentes deben tener claro el compromiso que asumen.

Es frecuente suponer que el cambio se iniciará en los niveles más altos, pero ¿por qué no invertir el enfoque, para que cada uno desde el nivel que desempeñe dé lo mejor de sí? Esto lo hará preparando sus clases de la mejor manera, diseñando verdaderas experiencias de aprendizaje, capacitándose de manera continua, adaptándose a las necesidades del momento y, sobre todo, teniendo conciencia de que lo que pase en las aulas no solo afecta a esos 30 alumnos, sino a toda la familia de ellos, y a la esperanza de un México mucho más preparado y competitivo.